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MUJERES
QUE SIEMBRAN
No
es Nuestra Señora de la Peña, que está bajo el cerro de
Guadalupe, pero son consideradas como unas almas de Dios,
tampoco es
la única Sagrada Familia
tallada en piedra del mundo con más de 400 kilos de peso que se
encuentra en la Iglesia de La Peña en el barrio los Laches, son
de carne y hueso, hacen de papá y mamá de muchos niños en el
Barrio el Consuelo a unas cuantas cuadras del CAI de los Laches
o al CAI del barrio el Dorado en la parte alta de la localidad
de Santa Fe, en el suroriente de Bogotá.
Entre
la mezcla de espontaneidad de su aparición, trazas urbanas
irregulares, una arquitectura proyectada por los accidentes
geográficos del cerro, donde las casas parecen escalinatas con
laberintos de escaleras tal vez reducidos a dos metros de ancho
de asfalto y de piedra desproporcionadas, en la placa 1-c 22
suspendida sobre una pared verde sobre la carrera 10 este, allí
de lunes a viernes “Normita” abre su casa para las risas,
los gritos, el juego, el fuego de su cocina para brindar
alimento al mediodía y los cuadernos que vienen cargados con
muchas lecciones a desarrollar, tanto “que a veces no se van y
hay que echarlos” lo expresa con una sonrisa moderada Norma
Barragán que en conjunto con cinco mujeres más, Ana, Nubia,
Mary, María y Niní conforman la Asociación el Consuelo.
Norma
inició con esto a partir de su formación como catequista por
cerca de diez años y de ayudar en la biblioteca de la comunidad
de las Carmelitas en su barrio. Ana, su hermana, se unió a ella
después de quedar en embarazo como la manera de cuidar de su
hija, los mismos motivos de Norma con sus hijos que ahora son
parte de la primera promoción, como lo mencionan ellas “son
los que le ayudan a los más pequeños hacer sus tareas”.
Estas dos mujeres son quienes permanecen constantemente con los
niños, las otras desde sus quehaceres aportan económicamente
para el sostenimiento del lugar, “se la rebuscan” así como
la historia de un niño de la Asociación: “Roberto que tenía
una gran complejidad, era calvo, tenía un mal gusto para
vestirse. Se ganó la lotería al conocer a una linda mujer que
no se burlaba de su calvicie, comenzó a vestirse bien, se casarón
y tuvieron un hijo calvo”, historia con
la cual Norma
hacía irrupción en la narrativa de la génesis de su trabajo
que a su misma vez lo era, mientras ello los niños se estaban
haciendo en siluetas con colores de carnaval y escribían su
historia de vida, la misma que había comenzado en el salón
comunal un día Norma “pero cada rato nos mandaban para la
asamblea y en cada asamblea los abuelitos en contra nuestra, nos
sacaban ¡y así! Hacíamos siempre un campeonato y el señor de
la junta le dio por
no prestar más la cancha, así que decidimos como fuera en mi
casa disponer un espacio para los niños”.
Los
jueves su sala comedor desaparece para convertirse en una aula
de danzas, la azotea en dos salones, “¡yo no sabía que las
tejas eran cancha!” gritaba Normita al estruendoso crujir del
desliz de un balón que quería convertirse en gol, simultáneamente
un tablero verde de tiza con los trazos de una resta dispuesta
hacer desaparecida por la mano de un niño y que podrá realizar
dicha acción, siempre y cuando desarrolle a operación, a
Gilberto que desista de malgastar tanto colbón y Jeisson deje
el algebra donde la había encontrado.
“Esto
es de familia, mi mamá es modista, cuando hacemos el Carnaval
de la Alegría, mi mamá hace los trajes, nos ha vestido como en
diez años que llevamos en Carnaval. Mi papá…”¡que se daño
una teja!”, él viene y la arregla, él mismo que sostiene que
con su labor “no se gana plata” y es así por ejemplo,
cocinan para 40 niños y cada uno paga mil pesos “el almuerzo
para nosotros tiene otro significado, cada niño come y lava su
loza, organizan la mesa, se llevan
a mercar, porque creemos que a partir de la comida se
construye. Y eso fue uno de los inconvenientes con el Bienestar
Familiar que hace dos años ellos nos ayudaban para el mercado,
molestaban porque a los niños no se les puede poner hacer eso,
además nos pedían una cocina enchapada y aparate de la
nuestra, hicimos el esfuerzo pero con ellos no se pudo” Se
sostienen de un proyecto que se ganaron hace un año donde se
agotan los recursos y están buscando alternativas para seguir
su labor.
Norma
es licenciada en pedagogía infantil y Ana está terminando su
licenciatura en literatura, “aquí todos los días se lee y
nos gusta mucho la calle ¡porque en este espacio tan chiquitico…!
Salimos a la piscina de allí abajito a nosotros nos cuesta la
entrada mil pesos, es muy buena y con agüita caliente, si no
vamos a la Gilberto Álzate… así” y de salida en salida se
iban a escapar unos: “¿ya terminaron la tarea? “Ya
terminamos, afirmaron dos niñas, pero normita con sospecha, “¡yo
quiero ver mis amores!” efectivamente su intento se futraba.
La
mamá de muchas personitas que no sabe cuando sucedió porque sólo
ha parido dos, consiente, abraza, recuerda los deberes, se
despide de ellos cuando el sol comenzó ocultarse detrás del
edificio Colpatria y los puntitos de estructuras que se divisan
desde la casa de Normita,
quien espera que a partir de las seis de la tarde cese la
algarabía que continuara al siguiente día a las siete de
la mañana. Se
acerca Esteban con sus cachetes blancos de vainilla y se funden
con los de color caramelo de Norma, ella dice, ¡adiós mi sueño!,
el chiquitín sale corriendo. Por esos sueños se unen al
Movimiento de Niños y Niñas Sembradores de Paz- Bogotá.
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